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Cómo afrontar la pérdida de los padres.

Perder a un padre o a una madre es una de las experiencias más profundas y desestabilizadoras que puede vivir un ser humano. No importa la edad que tengamos ni las circunstancias en que ocurra: esa pérdida toca algo esencial en nosotros, porque tocamos el lugar desde donde vinimos.

El duelo por los padres no sigue un guion único. Hay quienes sienten un vacío silencioso que se instala en lo cotidiano; hay quienes experimentan una tormenta de emociones contradictorias: tristeza, alivio, culpa, gratitud, enojo. Hay también quienes, durante semanas o meses, sienten que la vida continúa con normalidad y luego, en el momento menos esperado, algo pequeño —un olor, una canción, la forma en que entra la luz por una ventana— los derrumba.

Todas estas formas de vivir el duelo son válidas. El dolor no tiene una manera correcta de expresarse, y la duración del proceso tampoco responde a una medida estándar. Lo que sí existe es un camino, aunque irregular y propio de cada persona.

“El duelo no es el final del amor. Es el amor que continúa sin tener dónde ir, buscando nuevas formas de existir dentro de nosotros.”

El duelo como proceso, no como etapa.

Durante décadas se habló del duelo como una secuencia de etapas que debían superarse de manera lineal. Sin embargo, la experiencia real de las personas —y la investigación contemporánea sobre el dolor emocional— nos muestra algo diferente: el duelo es un proceso oscilante, a veces circular, lleno de avances y retrocesos.

Puede que en un mismo día sintamos serenidad en la mañana y un llanto incontenible al caer la tarde. Puede que después de meses de aparente estabilidad volvamos a sentir la ausencia con una intensidad renovada. Esto no significa que hayamos “retrocedido”: significa que estamos vivos, y que el vínculo con quienes amamos no desaparece con su muerte.

Comprender esto es fundamental para dejar de juzgarnos a nosotros mismos. El duelo no es una enfermedad que se cura ni una debilidad que debe ocultarse. Es una respuesta humana y natural ante la pérdida de alguien que fue parte constitutiva de nuestra identidad.

Lo que cambia cuando perdemos a los padres.

La muerte de los padres —especialmente cuando somos el último hijo en perder a ambos— provoca algo que los psicólogos denominan una “reubicación generacional”. Súbitamente, ya no hay nadie por encima de nosotros. Pasamos a ser la generación mayor de nuestra familia. Esto genera una sensación particular de exposición, de orfandad adulta, que resulta difícil de explicar y que muchas personas no anticipan.

Además, la pérdida de los padres puede despertar interrogantes profundos: sobre nuestra propia mortalidad, sobre el sentido de lo que hemos construido, sobre lo que quedó sin decirse o sin hacerse. Es común que en el duelo emerjan memorias, tanto dolorosas como luminosas, que traen consigo una necesidad de reconciliación o de resignificación de la historia familiar.

La muerte de los padres —especialmente cuando somos el último hijo en perder a ambos— provoca algo que los psicólogos denominan una “reubicación generacional”. Súbitamente, ya no hay nadie por encima de nosotros. Pasamos a ser la generación mayor de nuestra familia. Esto genera una sensación particular de exposición, de orfandad adulta, que resulta difícil de explicar y que muchas personas no anticipan.

Además, la pérdida de los padres puede despertar interrogantes profundos: sobre nuestra propia mortalidad, sobre el sentido de lo que hemos construido, sobre lo que quedó sin decirse o sin hacerse. Es común que en el duelo emerjan memorias, tanto dolorosas como luminosas, que traen consigo una necesidad de reconciliación o de resignificación de la historia familiar.

Herramientas para atravesar el duelo.

No existe una fórmula mágica para superar la pérdida de los padres, pero sí hay prácticas y actitudes que pueden hacer más llevadero el proceso. A continuación compartimos algunas orientaciones que pueden servir de apoyo:

1. Permítete sentir sin cronómetro.

No te impongas plazos para “estar bien”. El duelo tiene su propio ritmo y presionarte para recuperarte rápido puede prolongar el dolor. Date permiso de sentir lo que sientes, cuando lo sientes.

2. Habla de quien perdiste.

Mencionar a tus padres, compartir recuerdos, contar historias de ellos no prolonga el duelo: lo integra. El silencio puede convertirse en un peso mayor que las palabras.

3. Cuida tu cuerpo.

El duelo vive en el cuerpo. Presta atención al sueño, la alimentación y el movimiento. No como obligación, sino como un acto de compasión hacia ti mismo en un momento de vulnerabilidad.

4. Busca apoyo genuino.

No tienes que cargar esto solo. Familiares, amigos cercanos o un profesional de salud mental pueden acompañarte. Pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad.

5. Crea rituales de memoria.

Los rituales —visitar un lugar significativo, encender una vela, cocinar una receta familiar— ayudan a mantener vivo el vínculo de una manera sana y sostenida en el tiempo.

6. Escribe, expresa, crea.

Llevar un diario del duelo, escribirle una carta a quien perdiste, o expresar lo que sientes a través del arte puede ser una vía poderosa para procesar lo que las palabras cotidianas no alcanzan a contener.

Cuándo buscar apoyo profesional.

Existen señales que indican que el proceso de duelo puede necesitar acompañamiento especializado. Si después de un tiempo considerable el dolor no disminuye en absoluto, si hay dificultad para llevar adelante las actividades básicas del día a día, o si aparecen pensamientos de hacerse daño, es fundamental buscar orientación profesional.

El duelo complicado o prolongado no es una señal de debilidad: es una respuesta que a veces necesita más recursos que los que podemos encontrar solos. Un psicólogo o terapeuta especializado en procesos de pérdida puede ofrecer un espacio seguro donde travesar ese dolor con acompañamiento y sin juicios.

En GEP contamos con un equipo de profesionales formados en el acompañamiento del duelo, listos para caminar junto a ti en este proceso tan personal y tan humano.

La vida después de la pérdida.

Perder a los padres nos cambia. No hay forma de que no lo haga. Pero ese cambio, con el tiempo y con el proceso adecuado, puede convertirse en algo más que pérdida: puede convertirse en una profunda comprensión de lo que somos, de lo que heredamos y de lo que queremos dejar como legado propio.

Muchas personas describen que, tras el duelo, encontraron una mayor claridad sobre sus prioridades, una conexión más honesta con sus emociones y una relación más auténtica con los demás. El dolor no desaparece, pero aprende a convivir con la vida que continúa.

Y en algún punto del camino —difícil de anticipar, imposible de forzar— el amor que sentíamos por ellos deja de ser solo ausencia y comienza a sentirse como presencia: en lo que aprendimos de ellos, en los gestos que heredamos sin darnos cuenta, en la manera en que sus palabras todavía resuenan cuando más las necesitamos.

Redacción GEP

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