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¿Hijos preferidos? Lo que la psicología nos dice sobre el favoritismo en la familia

En muchas familias existe una pregunta que pocas veces se hace en voz alta: ¿hay un hijo preferido? Aunque el tema puede incomodar, la psicología lleva años estudiando este fenómeno y sus conclusiones son reveladoras: el favoritismo existe, pero no siempre por las razones que imaginamos.

No es amor, son identificaciones.

Lo primero que aclaran los especialistas es que el favoritismo no implica querer menos a un hijo. Lo que suele ocurrir es que los padres se identifican más fácilmente con ciertos rasgos de personalidad, formas de ser o intereses de alguno de sus hijos. A veces, también proyectan en ellos expectativas o sueños propios no cumplidos, lo que hace que la mirada se dirija de forma inconsciente hacia ese niño en particular.

Esto significa que el favoritismo no nace de la maldad, sino de procesos psicológicos profundos que muchas veces operan sin que los padres sean plenamente conscientes de ello.

El temperamento también influye.

Otro factor clave es el carácter de cada hijo. Un niño con un temperamento más tranquilo y adaptable puede generar menos tensión en el hogar, mientras que uno más intenso o desafiante puede demandar más energía emocional. Esto no significa que se lo quiera menos, pero sí puede influir en cómo se percibe la convivencia con cada uno.

Curiosamente, este fenómeno también puede darse a la inversa: los hijos también pueden sentir mayor afinidad con uno de sus padres según las actividades que comparten o el vínculo emocional que construyen en el día a día.

¿Qué pasa con el hijo “elegido”?

Podría pensarse que ser el preferido es una ventaja, pero la realidad es más compleja. Quienes ocupan ese lugar suelen cargar con expectativas muy altas y desarrollan una exigencia personal que puede volverse agotadora. El miedo al error, la necesidad de estar siempre a la altura y la angustia ante el fracaso son patrones frecuentes en personas que en su infancia fueron el “hijo estrella” de la familia.

Por el lado contrario, quienes perciben que no ocupan ese lugar pueden desarrollar una baja autoestima y una sensación persistente de no ser suficientes, lo que también deja huellas en su vida adulta.

El orden de nacimiento: un dato que no es menor.

La psicología también señala que el orden en que llegaron los hijos al mundo tiene un impacto en cómo los padres se relacionan con cada uno. El primer hijo suele recibir toda la atención y expectativa de unos padres novatos, pero también carga con la inexperiencia de ellos. El del medio muchas veces tiene dificultades para encontrar su lugar dentro de la dinámica familiar. Y el menor, con padres ya más relajados y experimentados, tiende a tener mayor libertad y autonomía.

Ninguno de estos perfiles es mejor ni peor: son simplemente distintos, y entenderlos ayuda a los padres a relacionarse de forma más consciente con cada hijo.

Hablar es la clave.

Los expertos coinciden en que la verbalización es fundamental. Las diferencias en los vínculos no desaparecen si se ignoran; por el contrario, lo que no se nombra tiende a operar de manera silenciosa y muchas veces dañina. Que los padres se animen a reflexionar sobre sus propias emociones y a ponerlas en palabras, primero entre ellos y luego con sus hijos, es un paso enorme hacia una dinámica familiar más saludable.

Algunas recomendaciones prácticas incluyen: reconocer abiertamente que cada vínculo es diferente sin que eso implique querer más a uno que a otro, generar espacios individuales con cada hijo, y evitar que las diferencias se conviertan en fuente de rivalidad entre hermanos.

Reflexión final.

El favoritismo en las familias es más común de lo que se admite, pero también más manejable de lo que parece. La conciencia, la comunicación y el compromiso con la equidad emocional son herramientas poderosas para que cada hijo se sienta visto, valorado y amado tal como es.

Visite el sitio original de la nota | Fuente: La Nación

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