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¿Tu hijo está bien? Señales que no debes ignorar

Reconocer cuando un niño o adolescente está sufriendo en silencio no siempre es fácil. Algunos cambios pasan desapercibidos porque los adultos los atribuyen a la edad, al estrés escolar o a la adolescencia misma. Sin embargo, ciertos comportamientos pueden ser indicadores de que algo más serio está ocurriendo, y prestarles atención a tiempo puede marcar una diferencia enorme.

Cambios que merecen atención.

Uno de los primeros indicadores es un cambio notable en la personalidad o el estado de ánimo. Un adolescente que solía ser sociable y se vuelve progresivamente retraído, o que expresa con frecuencia sentimientos de tristeza, vacío o desesperanza, merece acompañamiento cercano. Lo mismo ocurre cuando aparecen comentarios relacionados con la muerte o con sentirse una carga para los demás, ya sea en conversaciones, escritos o dibujos. Otros signos que deben encender una alerta incluyen alejarse de amigos y familia sin razón aparente, descuidar la higiene o el arreglo personal, escaparse del hogar, o adoptar conductas de riesgo como manejar de forma imprudente. Regalar pertenencias valiosas de manera repentina también es un comportamiento que no debe pasarse por alto.

Factores que incrementan la vulnerabilidad.

Existen situaciones que aumentan la posibilidad de que un joven atraviese una crisis emocional profunda. Entre ellas se encuentran antecedentes de depresión o trastornos del estado de ánimo, haber sufrido maltrato físico o emocional, ser víctima de acoso escolar, o haber perdido a un ser querido de forma reciente. El consumo de alcohol o sustancias también representa un factor de riesgo importante, al igual que enfrentar dificultades académicas, legales o relacionadas con la orientación sexual. La presencia de conflictos familiares prolongados o el haber presenciado situaciones traumáticas puede incrementar aún más esa vulnerabilidad. En algunos casos, cuando el acceso a métodos potencialmente dañinos se vuelve fácil, el riesgo se eleva significativamente.

La depresión como señal de fondo.

Detrás de muchos de estos comportamientos puede haber un cuadro de depresión que no ha sido detectado. Los síntomas no siempre son evidentes: pueden manifestarse como quejas físicas recurrentes sin causa médica aparente, pérdida de interés en actividades que antes generaban placer, dificultades para concentrarse, o una sensación constante de aburrimiento y apatía. La tristeza profunda y sostenida, o la incapacidad de aceptar reconocimiento o afecto, también son señales que deben tomarse en serio.

Qué hacer ante estas señales.

Ante cualquier indicador de alerta, lo más importante es no restarle importancia a lo que se está observando. Iniciar una conversación cercana, sin juicios y con disposición real de escuchar, puede ser el primer paso. Si el niño o adolescente ya expresó pensamientos relacionados con hacerse daño, buscar orientación profesional de manera inmediata es indispensable. Los padres, docentes y personas cercanas tienen un papel fundamental en la detección temprana. No se trata de vigilar, sino de acompañar con atención. Si identificas alguna de estas señales en un niño o adolescente cercano, no esperes a que la situación empeore. Consultar con un profesional de salud mental a tiempo puede ser decisivo. Un psicólogo, médico de confianza o consejero escolar son los primeros puntos de contacto.

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